El deseo hacia esa mujer II
El eco de aquella tarde en el salón de Elena no había dejado de retumbar en la cabeza de Julián durante las últimas dos semanas. El chaval ya no caminaba igual; la timidez seguía ahí, impresa en sus facciones jóvenes, pero ahora había un brillo distinto en sus ojos, el secreto de quien ha conocido la gloria entre las carnes de una mujer madura. Por eso, cuando recibió ese mensaje de texto a media tarde, el corazón le dio un vuelco: «Estoy tomando algo en el pub irlandés del centro. Ven. Trae ganas».
Julián no se lo pensó. Cuando cruzó la puerta del local, la penumbra del bar y el murmullo de la gente lo envolvieron. La buscó con la mirada y la encontró al fondo, sentada en un reservado de madera. Elena estaba espectacular. Llevaba unos vaqueros ajustados que remarcaban de forma pecaminosa el volumen de sus caderas y ese culo prominente que a Julián lo traía loco, combinado con una blusa negra de satén que, cómo no, insinuaba el contorno pesado y generoso de sus pechos.
Al verlo llegar, ella sonrió con esa suficiencia felina que tanto lo intimidaba y lo excitaba a la vez.
La Tensión en la Barra
Julián se sentó a su lado, rozando intencionadamente su muslo con el de ella. El calor corporal de Elena lo embriagó de inmediato.
—Qué puntual, me gusta —susurró ella, acercándose a su oído. El roce de sus labios le causó un escalofrío al chaval—. Pero hoy tenemos un pequeño inconveniente, mi amor. Me ha bajado la regla esta mañana… Así que ahí abajo no se puede tocar.
A Julián se le desinfló un poco el pecho, y Elena, notando la decepción inocente en su cara de chaval, soltó una risita ronca que le erizó los cabellos de la nuca. Le tomó la mano por debajo de la mesa y la guió directamente hacia su entrepierna, apretándola contra el tejido vaquero, donde se sentía el relieve de la compresa y el calor retenido.
—No pongas esa cara, tonto —le dictó al oído, con una voz cargada de un morbo insoportable—. Que no podamos hacer lo del otro día no significa que no te vaya a vaciar. Hoy vas a aprender a disfrutar de mi boca. Y me lo vas a dejar todo en la garganta, ¿entendido?
El pulso de Julián se disparó. La sola idea de ver a esa mujer tan imponente, la amiga de su madre, de rodillas ante él, le provocó una erección tan violenta que casi le dolió contra la cremallera del pantalón.
Elena apuró su copa, se levantó con parsimonia, regalándole a Julián un movimiento lento de su majestuoso trasero, y le hizo una seña con la cabeza hacia el pasillo de los baños.
En los Servicios: El Morbo Prohibido
El baño de hombres estaba vacío, oliendo a limpieza barata y a humedad. Elena entró detrás de él y echó el pestillo con un chasquido que sonó a gloria. El espacio era reducido, lo que los obligaba a estar pegados. Elena se apoyó contra la pared de azulejos, cruzando los brazos justo debajo de su pecho, realzándolo y haciendo que el escote de la blusa amenazara con desbordarse.
—Sácatela —ordenó con la mirada fija en la bragueta del chico—. Quiero ver cómo me esperabas.
A Julián le temblaban las manos. Se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera. Su miembro saltó hacia fuera, tenso, palpitante y apuntando directamente hacia el rostro de la mujer. Elena dilató las pupilas; el contraste entre la cara de inocente del chaval y el tamaño de su juventud siempre la encendía.
Se deslizó lentamente por la pared de azulejos hasta quedar de rodillas sobre el frío suelo del baño. Desde esa posición, la vista de Julián era gloriosa: el pelo de Elena caía hacia delante, y el escote de su blusa dejaba ver la redondez masiva de sus pechos desde arriba.
—Mírame bien, Julián. Mira lo que le haces a la amiga de tu madre —provocó ella con una sonrisa lasciva, justo antes de abrir la boca.
La Lección de Elena
Elena no tuvo piedad. Juntó sus labios pintados de rojo y rodeó la punta con una calidez húmeda que hizo que Julián arqueara la espalda, ahogando un gemido para que no se escuchara al otro lado de la puerta. Comenzó con pasadas lentas, lamiendo la longitud, subiendo y bajando mientras usaba sus manos para acariciar los testículos del chaval con una maestría que lo estaba volviendo loco.
El morbo de la situación —el riesgo de que alguien llamara a la puerta, el olor a perfume de mujer madura en el baño de hombres, y la sumisión de Elena— aceleró el ritmo del chico. Julián le puso las manos en la cabeza, hundiéndole los dedos en el cabello.
—Más… Elena, más adentro —pidió con la voz rota.
Elena lo miró desde abajo, con los ojos entrecerrados por el placer del juego, y aceptó el reto. Abrió la boca por completo, relajó los músculos de la garganta y se tragó la longitud del chaval de un solo movimiento fluido. La punta chocó contra el fondo de su laringe. Julián sintió la presión de la garganta profunda, un calor húmedo y succionador que nunca habría imaginado que existiera.
El chaval empezó a embestir con suavidad, pero la desesperación del placer lo dominó. Cada vez que se hundía en su boca, el rostro de Elena quedaba sepultado, y el crujido de la saliva y la respiración forzada de la mujer resonaban en el cubículo. Elena lo saboreaba con ganas, usando la lengua, succionando con fuerza cada vez que él intentaba salir, atrapándolo en ese vacío ardiente.
El Final en la Garganta
Julián sentía que el clímax era inminente. El roce de los labios de Elena, sumado a la presión de su garganta, lo tenían al borde del abismo.
—Elena… me voy, me voy ya —advirtió, intentando retirarse un poco por instinto.
Pero ella no lo dejó. Agarró al chaval firmemente por las caderas con sus manos de uñas pintadas, hincándoselas en la piel, y lo empujó hacia delante, obligándolo a enterrarse al máximo en su boca. Elena levantó la mirada, conectando sus ojos con los de él, exigiéndole con la mirada que no se guardara nada.
El chaval espasmó. Un gemido mudo escapó de su garganta mientras empezaba a eyacular con la fuerza de la juventud acumulada. Elena no se apartó ni un milímetro. Recibió la primera descarga directamente en el fondo de la garganta; se la tragó al instante, y continuó succionando mientras las siguientes pulsaciones inundaban su boca. Julián temblaba, con las piernas de gelatina, apoyando las manos en los hombros de ella para no caerse, viendo cómo la mujer madura se lo tragaba todo, absolutamente todo, sin pestañear.
Cuando el espasmo terminó, Elena se retiró lentamente, dejando salir un hilo de saliva plateada por la comisura de sus labios. Se pasó la lengua por los labios, limpiándose con una sonrisa de absoluta satisfacción.
—Buen chico —dijo con voz ronca, mientras se levantaba del suelo, recolocándose la blusa y devolviéndole la compostura a su imponente figura—. Anda, límpiate y vuelve al bar. No queremos hacer esperar a tu madre si te llama.
Elena le guiñó un ojo, abrió el pestillo y salió del baño con ese contoneo soberbio de caderas, dejando a Julián apoyado contra la pared, completamente vacío, con el corazón en la boca y la certeza de que estaba totalmente adicto a ella.
